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Klaus
Hoffmann, conocido también como «el
Prisas», por su habitual premura, se afanaba en el ajuste del
linotipo en un exasperado intento de evitar los borrones que con el tiempo
habían llegado a convertirse en indeseable distintivo de los trabajos salidos
del viejo cacharro.
Ajenas a sus esmeros, las palabras,
que se incrustaban con fiereza en el papel, daban forma a las ideas
revolucionarias que sacudían Baviera al principio de los llamados en otras
tierras felices años veinte. Felices porque bailarines y cupletistas se imponen
por una vez a fríos, hambres y guerras; los salones de variedades, a las casas
de socorro; el champán helado, a las gachas de beneficencia.
Felices aun a pesar de los cientos
de hojas recién impresas que aguardaban sobre la mesa, secándose, ignorantes de
la causa que el albur las obligaba a abanderar.
Hoffmann se limpiaba de cuando en cuando las manos en un mono de
trabajo que fue azul, pero seguía manchando de tinta sus ralas canas cada vez
que trataba de evitar que el sudor superase sus cejas y alcanzara los ojos.
Había sobrellevado más de sesenta años de continuas calamidades y ahora se veía
en la tesitura de imprimir aquel libelo o perder sus máquinas; los prestamistas
no esperarían ni un segundo más allá del último plazo pactado. Tal vez
aceptarían aguardar unos cuantos días al ver el ínfimo valor de todo lo que se
encontraba en el mugriento cuartucho que cumplía a un tiempo las funciones de
almacén, taller y oficina.
Las paredes, en otro tiempo
encaladas, presentaban abundantes desconchones, apenas cubiertos por una
decoración compuesta sobre todo de caducos calendarios y algún escaso y
amarillento huecograbado representando a un Sigfrido que, sin duda, hubiera
huido corriendo de haberle sido posible.
Faltaban sólo dos semanas para el
fatídico día y Klaus Hoffmann no tenía ni idea de cómo salir del atolladero en
el que se había metido. Sus negocios editoriales, más bien mediocres, no
alcanzaban para cubrir su inmoderada afición al alcohol y los gastos corrientes
de la imprenta. Un par de fracasos, fruto de su abnegado empeño en editar a los
imitadores de Klopstock, acabaron de arruinar su negocio y le pusieron en manos
de los usureros. Desde ese momento sus conocidos tuvieron sobradas razones para
utilizar el sobrenombre que tan a pulso se ganara en su juventud como camarero
de una cervecería: «el Prisas.»
Porque Klaus Hoffmann había
trabajado en todo lo que pudiera rendir un penique. Pocos días antes de cumplir
catorce años, su padre se partió la crisma al caerse, borracho como una cuba,
desde el balcón de su propia casa. La economía familiar se hallaba en un estado
tan deplorable que, nada más terminar las honras fúnebres —pagadas con perfecto
decoro e igual hipocresía por parte de sus tíos—hubo de salir en busca de un
trabajo con el que ganarse el sustento propio y el de su madre. Quiso Dios
llevarse tres años antes a sus dos hermanas, con lo que al menos alivió el peso
que sin duda había previsto colocar sobre sus ya entonces anchas espaldas.
Por un capricho del azar, su primer trabajo
fue el de repartidor de periódicos, y lo hizo tan bien y con tan buena fortuna,
que cuando uno de los empleados de Herr Hoffer, el patrón, fue llamado a filas,
éste pensó en el joven Klaus para ocupar el puesto que quedaba vacante en las
mugrientas instalaciones del periódico. Analfabeto funcional como era, Klaus no
pudo mantener su puesto como tipógrafo más de unas semanas, el tiempo justo
para que la fe de erratas alcanzara proporciones alarmantes y Herr Hoffer
decidiera devolverlo a las calles de las que el diablo le indujo a sacarlo.
Sin embargo, de aquel breve paso por
la imprenta le quedó una imborrable pretensión de hombre culto, que nació unida
al deseo de llegar a ser algún día dueño de uno de aquellos artefactos mágicos
que engendraban los periódicos.
Pertinaz en su empeño de seguir
adelante en el mundo de la prensa a pesar de su torpeza, dedicó a la lectura
cada uno de los momentos libres que le dejaron sus sucesivos trabajos como
mecánico, cristalero, pintor de brocha gorda y mozo de cervecería. Tanta
voluntad puso que al cumplir los treinta y cinco años pudo enrolarse, esta vez
con éxito, en una compañía de teatro que lapidaba obras de Shakespeare y
Schiller por las plazas de los pueblos.
Su madre acababa de morir y Munich,
espléndida y caprichosa, se estaba volviendo demasiado cara para sus exangües
bolsillos, así que no dudó en dejar su ciudad natal cuando la paupérrima
compañía teatral en que trabajaba se mudó a la lejana Friburgo, la capital de la Selva Negra, para
continuar lo que presuntuosamente llamaba «su actividad artística».
Perfectas o no, aseadas en general,
aquellas representaciones se prolongaron durante más de dos lustros, tiempo que
Klaus aprovechó para ahorrar algo de dinero y casarse con Ulrike Forlinsky,
mejor cocinera que actriz, con la que se apresuró a tener dos hijos.
Aquéllos fueron sus años más
felices. Se desenvolvía con soltura en el vivaz ambiente de la farándula, y
encarnaba las más de las veces papeles de matrimonio mal avenido para luego, ya
a solas, entregarse a olímpicas reconciliaciones. Pero la carcoma de la prensa
encontró una fisura en los huesos de Klaus y le hizo concebir la idea de editar
los folletos que su compañía representaba en los improvisados escenarios. Así
maduró la idea de volver a Munich, donde seguramente seguiría la casucha
familiar, para convertirse en su propio patrón.
Reunió la familia, las maletas y los
ahorros de aquellos años, y compró una linotipia, no sin tener que sufrir las
reconvenciones de su mujer, que, al parecer dotada de mejor juicio que él, no
veía claro el horizonte de una empresa cimentada sobre el deseo de leer de los
demás.
Sus primeros pasos en el negocio no
fueron muy diferentes a los que treinta años atrás lo habían devuelto a su
puesto de repartidor de periódicos, pero resultó que Johan, el hijo mayor,
mostraba cierta habilidad para el oficio y con la calidad formal de sus
trabajos pudo suplir los defectos técnicos de la maquinaria hasta producir un
resultado aceptable.
Klaus y su familia recurrían a la impresión de
calendarios y folletos publicitarios de toda clase de pociones mágicas, para
poder pagar las pérdidas originadas por la edición de poemarios lamentables y
novelas de tercera categoría. Ése era el precio del ansiado prestigio y hasta
la pragmática Ulrike se plegaba a tales razonamientos, animada sin duda por las
dos o tres invitaciones que recibieron para asistir a las fatuas presentaciones
de algunos libros y codearse con gente supuestamente elegante, hipotéticamente
entendida y presuntamente culta.
La suerte de «el Prisas» estaba a punto de enderezarse cuando los amos
de la Europa
se engolfaron en la riña familiar a la que la Historia, siempre
complaciente, dio en llamar la
Gran Guerra. Con tal acontecimiento dejaron de venderse por
igual potingues milagrosos y libros para aburridos; sólo salieron ganando los
calendarios, pues nunca faltaba una razón para contar los días.
También Klaus sufrió en sus carnes
el conflicto: Johan fue llamado a filas y el cabeza de familia hubo de valerse
únicamente de su torpe ingenio para seguir con el negocio. Sin embargo, en
aquellos tumultuosos días de guerra casi nadie se fijaba en la calidad de los
trabajos; bastaba con que salieran a la calle para cumplir su misión de
informar a la población de cómo veía el Gobierno la marcha de la guerra.
No faltó quien sacó provecho de la
desgracia común, también en el gremio de los impresores. Algunos incluso se
hicieron ricos produciendo panfletos bolcheviques, al principio con el apoyo
del Estado, que ansiaba que Rusia se retirara de la guerra, y en la sombra
después, cuando lo que se pretendía era la retirada de Alemania.
Pero Klaus era demasiado pusilánime
para esos trabajos y ni se lucró en los primeros tiempos ni dio más tarde con
sus huesos en la cárcel, cuando fueron detenidos los colaboradores con el ideal
marxista. Siguió dedicándose a sus pequeños encargos, a sus pequeñas querellas
con los clientes morosos, a luchar por la supervivencia en las colas del
racionamiento como todos sus conciudadanos… A sobrevivir, en suma, que es lo
que queda cuando se es demasiado cobarde para saber morir y demasiado apocado
para saber vivir.
Entonces, la esperanza y la tristeza
se sucedieron tan rápidamente que provocaron una fractura en el ánimo del ya
sexagenario Hoffmann: Rusia se había rendido y más de un millón de soldados
habían sido transferidos al Oeste para acabar de una vez por todas con aquella
guerra. El triunfo parecía seguro, y pronto todos podrían resarcirse de las
penalidades sufridas. Pero sucedió algo extraño, algo verdaderamente
incomprensible: medio ejército había llegado a las puertas de París; uno entero
se vio impotente para sostener sus propias líneas. Los que habían sido capaces
de vencer en dos frentes fueron derrotados en uno. En pocos meses la muerte y
la desolación se adueñaron de Alemania. Johan fue uno de los muchos que cayeron
en aquel inexplicable desastre.
Los políticos de la posguerra se
empeñaron en hacer creer a los alemanes que la derrota había sobrevenido a
causa de la entrada de los americanos en el conflicto, pero se publicaron los
datos sobre los hombres y material que los Estados Unidos habían enviado a
Europa, y no hubo quien considerara que luchar contra un potencial equivalente
a dos veces el de Bélgica fuese un esfuerzo excesivo. Las razones había que
buscarlas puertas adentro; y eso no era bueno para la moral de un pueblo en el
que rara era la familia que no había perdido a uno de los suyos. Alguien tenía
que pagar todo aquel resentimiento y no tardaron en alzarse voces señalando a
los culpables, unos u otros dependiendo de los intereses del acusador y de las
posibilidades de sacar algún provecho de la posible caída del acusado.
El rápido hundimiento económico y
moral del país produjo un inevitable reflejo en la vida de Hoffmann, que
acentuó su inclinación a la bebida, lo que agravó las dificultades para sacar
un producto decente de la imprenta.
El Gobierno nacido de Versalles
después de firmarse el armisticio no gustaba a
nadie. Por todas partes se alzaron voces discrepantes que exigían o bien
la revolución, o bien la restauración del espíritu nacional. De esta lucha, no
siempre limitada a lo ideológico, de nuevo sacaron tajada los impresores, que
aceptaban producir libelos de este o aquel signo, convirtiéndose así en
objetivo preferente de los incendiarios rivales. Pero Hoffmann «el Prisas» desaprovechó también
aquella azarosa oportunidad de salir adelante, aquella ocasión de trabajar caro
sin que poco o nada importara la calidad estética del producto.
La desmedida inflación acabó por
comerse sus famélicos ahorros y los proveedores de papel empezaron a olvidarse
de él. Las facturas dormían cada vez más tiempo en los cajones antes de
convertirse en dinero y el colapso fue inevitable. Ulrike tomó entonces cartas
en el asunto y exigió a su marido que corriera algún riesgo; nada podía ser
peor que la ruina que planeaba en amplios círculos sobre el horizonte de su
futuro.
Klaus se vio clavado en una mísera silla de madera,
frente al falso rostro afable del usurero, rogando que le prestaran unos pocos
millones de marcos para sacar a flote su empresa. Las negociaciones fueron
duras, aunque no demasiado: el prestamista tenía todos los ases y Klaus no
podía ganarle ni una sola mano. Finalmente, el interés fijado fue del uno por
uno so pretexto de que nadie sabía dónde podía ir a parar la inflación. Glorioso
eufemismo para evitar mencionar el abusivo cien por ciento.
Con las facturas pagadas y los
proveedores sirviéndole de nuevo, Klaus se lanzó, espoleado por su esposa, a
una frenética caza de clientes, empezando por aquellos a los que siempre había
rechazado. El febril crecimiento de los precios evolucionó aún peor de lo
pronosticado por los más pesimistas, y eso ayudó a menguar la carga del
préstamo, a todas luces impagable de otro modo, lo que demostró la vieja teoría
del padre de Klaus, que no se cansaba de asegurar que para el que no tiene
nada, cada catástrofe es una nueva oportunidad.
Los trabajos comenzaron a llegar a
su imprenta a la par que las amenazas, alguna de ellas de redacción más bien
barroca, anunciando las más terribles calamidades. Un par de cristales rotos
valieron de refrendo.
El miedo a las represalias casi le
hizo pasar a la clandestinidad, pero la razón, la de Ulrike, le indicó que era
mejor no levantar sospechas obrando a escondidas. Y, a pesar de estar aterrado
por la posibilidad de un ataque más serio, comprendió que era mejor y más
seguro seguir dando la cara, de modo que empezó a componer e imprimir panfletos
de todo signo.
En realidad, hasta aquel 4 de
octubre no había tenido que realizar ningún trabajo verdaderamente comprometido.
El día anterior, sólo unos minutos después de que Klaus abriera su negocio,
apareció un hombre, enjuto y serio, con una docena de hojas en uno de los
bolsillos de su gastado abrigo. El desconocido, que se hacía llamar Sterne,
adelantó la mitad del importe y exigió que el trabajo estuviera terminado al
anochecer del día siguiente. Klaus cogió el dinero y no hizo más preguntas,
pero cuando echó mano a los tipos móviles para componer el texto, comprendió,
primero con sorpresa y luego con un estremecimiento que recorrió todo su
cuerpo, que aquello podía costarle muy caro. Carísimo.
Desoyendo las recomendaciones de su
esposa, cerró la puerta de la imprenta, corrió las cortinas y colocó una de las
últimas esquelas que había realizado junto con un cartel que informaba del
cierre por defunción. Ni siquiera se fijó en la fecha del sepelio, que era de
dos semanas antes.
Pensó por un momento en hablar con
Ulrike del tema, pero el orgullo pudo más que la zozobra: él era el hombre de
la casa y no podía correr a las faldas de su esposa cada vez que sucedía algo
realmente grave.
Releyó el texto, se mesó el pelo y
resolvió seguir adelante: al fin y al cabo, ya había cobrado y no podía
negarse, sin riesgo, a dejarlo a medias. Los que estaban dispuestos a organizar
algo como lo que se decía en aquellos papeles no dudarían en dar un escarmiento
a quien los privara de la imprescindible publicidad.
Preparó los cajetines y limpió
cuidadosamente los rodillos de la máquina; estaba dispuesto a hacer un buen
trabajo, aunque a nadie le importara la calidad de la impresión. El texto no
era ni mucho menos breve, y Klaus Hoffman quería darle una presentación
llamativa. Para ello, utilizaría todo el arsenal de encuadres, bolos,
cuadratines, ladillos y cartelas que le ofrecía su anticuada linotipia. Tenía
que hacer cuanto estuviera en su mano para que ése no fuera su último encargo.
A la hora del almuerzo, Hoffmann
pensó en quedarse trabajando, pero tenía un hambre de mil demonios y no quería
que su mujer se preocupara. Se fue a casa y, una vez sentado a la mesa, lejos
ya del escenario de sus miedos, no pudo aguantar más y le contó lo que estaba
pasando. Pero Ulrike, lejos de asustarse, se interesó lo primero por el dinero
que iban a recibir y, como la cantidad era generosa, no dio mayor importancia a
los temores de su marido. Eso sí, le recomendó que quitara aquella maldita
esquela de la puerta, no fuera a ser que alguien reparase en la fecha atrasada
y sospechara si oía ruido dentro. Incluso algún bienintencionado podía llamar a
la policía pensando que estaban tratando de robar al bueno de Hoffmann «el Prisas», porque una cosa
es defenderse de los enemigos y otra muy distinta y mucho más difícil salir con
buen pie de la impredecible ayuda de los bondadosos.
Animado por el apoyo que le había
brindado su esposa, Hoffmann volvió al trabajo con renovados bríos. Retiró la
esquela y se puso manos a la obra: aún le quedaba mucho y tenía que entregar el
encargo poco antes de las ocho. De todos modos, si se concentraba en el
trabajo, y pensaba hacerlo como nunca, le sobraría tiempo para un par de
correcciones. No podía desaprovechar la oportunidad de entrar de lleno en un mercado
más productivo.
Sin dejar de darle vueltas a sus
preocupaciones, se dio toda la prisa que pudo en acabar el encargo, más incluso
de la aconsejable. Y al ver impreso el primer ejemplar, con la tinta fresca
brillando todavía, se sintió legítimamente orgulloso de lo que había
conseguido.
Era un producto impecable, sin
apenas borrones, bien encuadrado, con la letra del tamaño justo para evitar los
espacios blancos o los tipos más pequeños al final. Un hombre podía ir a la
cárcel por culpa de aquellas hojas y no quejarse de su fortuna. Sólo lamentaba
no haber puesto siempre la misma voluntad en el trabajo, y refrendaba cada
propósito de enmienda con una rápida mirada al montón de ejemplares sobre el
tablero. Ya no se sentía vencido, no sería nunca más un despojo en manos de
prestamistas ni una marioneta del destino. A partir de ese momento gobernaría
su vida de otro modo, y pronto cambiaría su fortuna. Seguro.
Habría seguido envaneciéndose con la
contemplación de su obra si unos golpes en la puerta no le hubieran sacado de
su ensoñación. Klaus perdió de golpe todo el entusiasmo y recobró sus recelos.
Miró al reloj y vio que faltaban
diez minutos para las ocho. El cliente llegaba antes de tiempo… Tanto mejor;
cuanto antes salieran esos papeles de su imprenta, antes podría respirar
tranquilo. Al menos hasta que surgiera otro trabajo como aquél, porque estaba
seguro de que recibiría más encargos.
Murmuró el consabido «¡Ya va!», se
limpió las manos con un paño demasiado mugriento como para no ensuciarse de
tinta, y se dirigió a la entrada con paso firme.
Pero no era el cliente.
Se trataba de un tipo alto y fuerte,
vestido con un gastado traje oscuro que era de antes de la guerra. Su nariz,
larga y aguda, acentuaba el brillo rapaz de sus ojos grises. Klaus se sintió
intimidado. No era únicamente que el trabajo fuera comprometido, sino que algo
en aquel hombre le hacía sentir la necesidad de deshacerse de él cuanto antes:
su mirada y la expresión de sus labios, finos como una línea, presagiaban una
escena desagradable. Por un momento creyó reconocerle, pero no era momento para
adivinanzas ni ceremonias.
—Está cerrado —se apresuró a decir.
—No para mí —replicó el desconocido,
que entró en la imprenta antes de que Klaus pudiera impedírselo.
El hombre del traje oscuro recorrió
lentamente el local, con pasos tranquilos, como quien pasea por un parque en un
día de fiesta. Se acercó al montón de periódicos recién impresos y ojeó uno de
ellos con marcado desinterés, lo que puso a Klaus aún más nervioso. «¿Trabajará
para el gobierno? ¿Será policía?» No conseguía recordarlo.
—¿Qué quiere? —preguntó al fin,
rogando a Dios y al diablo que no le ensañara ningún distintivo policial.
El desconocido, plantado en medio de
la imprenta con las manos incrustadas en los bolsillos, pareció meditar unos
instantes la respuesta.
—Me pregunta qué quiero. Y es capaz
de hacerme una pregunta tan vital como quien desea enterarse del recorrido de
un desfile. ¡Qué vergüenza!
Aquella
frase, irónica y despectiva, colmó la paciencia de Hoffmann.
—¡Salga de aquí inmediatamente!
—siseó, tratando en vano de dar a su voz el peligroso tono de un silbido de
serpiente.
El hombre del traje oscuro reaccionó
con una estentórea carcajada y se volvió hacia él. Klaus hubiera gritado al ver
el agudo estilete que empuñaba, pero no tuvo tiempo.
Sintió en su garganta aquel
carámbano de acero, mientras unos ojos implacables se clavaban en los suyos,
ávidos de apurar el último brillo de la vida, formulando mil preguntas que
Klaus no pudo responder más que con un inaudible gemido.
Luego se desplomó.
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