EL GRIS

(Javier Pérez)

 

 

 

 

 

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A LOS MANIQUEOS

 

 

Klaus Hoffmann, conocido también como «el Prisas», por su habitual premura, se afanaba en el ajuste del linotipo en un exasperado intento de evitar los borrones que con el tiempo habían llegado a convertirse en indeseable distintivo de los trabajos salidos del viejo cacharro.

            Ajenas a sus esmeros, las palabras, que se incrustaban con fiereza en el papel, daban forma a las ideas revolucionarias que sacudían Baviera al principio de los llamados en otras tierras felices años veinte. Felices porque bailarines y cupletistas se imponen por una vez a fríos, hambres y guerras; los salones de variedades, a las casas de socorro; el champán helado, a las gachas de beneficencia.

            Felices aun a pesar de los cientos de hojas recién impresas que aguardaban sobre la mesa, secándose, ignorantes de la causa que el albur las obligaba a abanderar.

            Hoffmann se limpiaba de cuando en cuando las manos en un mono de trabajo que fue azul, pero seguía manchando de tinta sus ralas canas cada vez que trataba de evitar que el sudor superase sus cejas y alcanzara los ojos. Había sobrellevado más de sesenta años de continuas calamidades y ahora se veía en la tesitura de imprimir aquel libelo o perder sus máquinas; los prestamistas no esperarían ni un segundo más allá del último plazo pactado. Tal vez aceptarían aguardar unos cuantos días al ver el ínfimo valor de todo lo que se encontraba en el mugriento cuartucho que cumplía a un tiempo las funciones de almacén, taller y oficina.

            Las paredes, en otro tiempo encaladas, presentaban abundantes desconchones, apenas cubiertos por una decoración compuesta sobre todo de caducos calendarios y algún escaso y amarillento huecograbado representando a un Sigfrido que, sin duda, hubiera huido corriendo de haberle sido posible.

            Faltaban sólo dos semanas para el fatídico día y Klaus Hoffmann no tenía ni idea de cómo salir del atolladero en el que se había metido. Sus negocios editoriales, más bien mediocres, no alcanzaban para cubrir su inmoderada afición al alcohol y los gastos corrientes de la imprenta. Un par de fracasos, fruto de su abnegado empeño en editar a los imitadores de Klopstock, acabaron de arruinar su negocio y le pusieron en manos de los usureros. Desde ese momento sus conocidos tuvieron sobradas razones para utilizar el sobrenombre que tan a pulso se ganara en su juventud como camarero de una cervecería: «el Prisas.»

            Porque Klaus Hoffmann había trabajado en todo lo que pudiera rendir un penique. Pocos días antes de cumplir catorce años, su padre se partió la crisma al caerse, borracho como una cuba, desde el balcón de su propia casa. La economía familiar se hallaba en un estado tan deplorable que, nada más terminar las honras fúnebres —pagadas con perfecto decoro e igual hipocresía por parte de sus tíos—hubo de salir en busca de un trabajo con el que ganarse el sustento propio y el de su madre. Quiso Dios llevarse tres años antes a sus dos hermanas, con lo que al menos alivió el peso que sin duda había previsto colocar sobre sus ya entonces anchas espaldas.

             Por un capricho del azar, su primer trabajo fue el de repartidor de periódicos, y lo hizo tan bien y con tan buena fortuna, que cuando uno de los empleados de Herr Hoffer, el patrón, fue llamado a filas, éste pensó en el joven Klaus para ocupar el puesto que quedaba vacante en las mugrientas instalaciones del periódico. Analfabeto funcional como era, Klaus no pudo mantener su puesto como tipógrafo más de unas semanas, el tiempo justo para que la fe de erratas alcanzara proporciones alarmantes y Herr Hoffer decidiera devolverlo a las calles de las que el diablo le indujo a sacarlo.

            Sin embargo, de aquel breve paso por la imprenta le quedó una imborrable pretensión de hombre culto, que nació unida al deseo de llegar a ser algún día dueño de uno de aquellos artefactos mágicos que engendraban los periódicos.

            Pertinaz en su empeño de seguir adelante en el mundo de la prensa a pesar de su torpeza, dedicó a la lectura cada uno de los momentos libres que le dejaron sus sucesivos trabajos como mecánico, cristalero, pintor de brocha gorda y mozo de cervecería. Tanta voluntad puso que al cumplir los treinta y cinco años pudo enrolarse, esta vez con éxito, en una compañía de teatro que lapidaba obras de Shakespeare y Schiller por las plazas de los pueblos.

            Su madre acababa de morir y Munich, espléndida y caprichosa, se estaba volviendo demasiado cara para sus exangües bolsillos, así que no dudó en dejar su ciudad natal cuando la paupérrima compañía teatral en que trabajaba se mudó a la lejana Friburgo, la capital de la Selva Negra, para continuar lo que presuntuosamente llamaba «su actividad artística».

            Perfectas o no, aseadas en general, aquellas representaciones se prolongaron durante más de dos lustros, tiempo que Klaus aprovechó para ahorrar algo de dinero y casarse con Ulrike Forlinsky, mejor cocinera que actriz, con la que se apresuró a tener dos hijos.

            Aquéllos fueron sus años más felices. Se desenvolvía con soltura en el vivaz ambiente de la farándula, y encarnaba las más de las veces papeles de matrimonio mal avenido para luego, ya a solas, entregarse a olímpicas reconciliaciones. Pero la carcoma de la prensa encontró una fisura en los huesos de Klaus y le hizo concebir la idea de editar los folletos que su compañía representaba en los improvisados escenarios. Así maduró la idea de volver a Munich, donde seguramente seguiría la casucha familiar, para convertirse en su propio patrón.

            Reunió la familia, las maletas y los ahorros de aquellos años, y compró una linotipia, no sin tener que sufrir las reconvenciones de su mujer, que, al parecer dotada de mejor juicio que él, no veía claro el horizonte de una empresa cimentada sobre el deseo de leer de los demás.

            Sus primeros pasos en el negocio no fueron muy diferentes a los que treinta años atrás lo habían devuelto a su puesto de repartidor de periódicos, pero resultó que Johan, el hijo mayor, mostraba cierta habilidad para el oficio y con la calidad formal de sus trabajos pudo suplir los defectos técnicos de la maquinaria hasta producir un resultado aceptable.

Klaus y su familia recurrían a la impresión de calendarios y folletos publicitarios de toda clase de pociones mágicas, para poder pagar las pérdidas originadas por la edición de poemarios lamentables y novelas de tercera categoría. Ése era el precio del ansiado prestigio y hasta la pragmática Ulrike se plegaba a tales razonamientos, animada sin duda por las dos o tres invitaciones que recibieron para asistir a las fatuas presentaciones de algunos libros y codearse con gente supuestamente elegante, hipotéticamente entendida y presuntamente culta.

            La suerte de «el Prisas» estaba a punto de enderezarse cuando los amos de la Europa se engolfaron en la riña familiar a la que la Historia, siempre complaciente, dio en llamar la Gran Guerra. Con tal acontecimiento dejaron de venderse por igual potingues milagrosos y libros para aburridos; sólo salieron ganando los calendarios, pues nunca faltaba una razón para contar los días.

            También Klaus sufrió en sus carnes el conflicto: Johan fue llamado a filas y el cabeza de familia hubo de valerse únicamente de su torpe ingenio para seguir con el negocio. Sin embargo, en aquellos tumultuosos días de guerra casi nadie se fijaba en la calidad de los trabajos; bastaba con que salieran a la calle para cumplir su misión de informar a la población de cómo veía el Gobierno la marcha de la guerra.

            No faltó quien sacó provecho de la desgracia común, también en el gremio de los impresores. Algunos incluso se hicieron ricos produciendo panfletos bolcheviques, al principio con el apoyo del Estado, que ansiaba que Rusia se retirara de la guerra, y en la sombra después, cuando lo que se pretendía era la retirada de Alemania.

            Pero Klaus era demasiado pusilánime para esos trabajos y ni se lucró en los primeros tiempos ni dio más tarde con sus huesos en la cárcel, cuando fueron detenidos los colaboradores con el ideal marxista. Siguió dedicándose a sus pequeños encargos, a sus pequeñas querellas con los clientes morosos, a luchar por la supervivencia en las colas del racionamiento como todos sus conciudadanos… A sobrevivir, en suma, que es lo que queda cuando se es demasiado cobarde para saber morir y demasiado apocado para saber vivir.

            Entonces, la esperanza y la tristeza se sucedieron tan rápidamente que provocaron una fractura en el ánimo del ya sexagenario Hoffmann: Rusia se había rendido y más de un millón de soldados habían sido transferidos al Oeste para acabar de una vez por todas con aquella guerra. El triunfo parecía seguro, y pronto todos podrían resarcirse de las penalidades sufridas. Pero sucedió algo extraño, algo verdaderamente incomprensible: medio ejército había llegado a las puertas de París; uno entero se vio impotente para sostener sus propias líneas. Los que habían sido capaces de vencer en dos frentes fueron derrotados en uno. En pocos meses la muerte y la desolación se adueñaron de Alemania. Johan fue uno de los muchos que cayeron en aquel inexplicable desastre.

            Los políticos de la posguerra se empeñaron en hacer creer a los alemanes que la derrota había sobrevenido a causa de la entrada de los americanos en el conflicto, pero se publicaron los datos sobre los hombres y material que los Estados Unidos habían enviado a Europa, y no hubo quien considerara que luchar contra un potencial equivalente a dos veces el de Bélgica fuese un esfuerzo excesivo. Las razones había que buscarlas puertas adentro; y eso no era bueno para la moral de un pueblo en el que rara era la familia que no había perdido a uno de los suyos. Alguien tenía que pagar todo aquel resentimiento y no tardaron en alzarse voces señalando a los culpables, unos u otros dependiendo de los intereses del acusador y de las posibilidades de sacar algún provecho de la posible caída del acusado.

            El rápido hundimiento económico y moral del país produjo un inevitable reflejo en la vida de Hoffmann, que acentuó su inclinación a la bebida, lo que agravó las dificultades para sacar un producto decente de la imprenta.

            El Gobierno nacido de Versalles después de firmarse el armisticio no gustaba a  nadie. Por todas partes se alzaron voces discrepantes que exigían o bien la revolución, o bien la restauración del espíritu nacional. De esta lucha, no siempre limitada a lo ideológico, de nuevo sacaron tajada los impresores, que aceptaban producir libelos de este o aquel signo, convirtiéndose así en objetivo preferente de los incendiarios rivales. Pero Hoffmann «el Prisas» desaprovechó también aquella azarosa oportunidad de salir adelante, aquella ocasión de trabajar caro sin que poco o nada importara la calidad estética del producto.

            La desmedida inflación acabó por comerse sus famélicos ahorros y los proveedores de papel empezaron a olvidarse de él. Las facturas dormían cada vez más tiempo en los cajones antes de convertirse en dinero y el colapso fue inevitable. Ulrike tomó entonces cartas en el asunto y exigió a su marido que corriera algún riesgo; nada podía ser peor que la ruina que planeaba en amplios círculos sobre el horizonte de su futuro.

Klaus se vio clavado en una mísera silla de madera, frente al falso rostro afable del usurero, rogando que le prestaran unos pocos millones de marcos para sacar a flote su empresa. Las negociaciones fueron duras, aunque no demasiado: el prestamista tenía todos los ases y Klaus no podía ganarle ni una sola mano. Finalmente, el interés fijado fue del uno por uno so pretexto de que nadie sabía dónde podía ir a parar la inflación. Glorioso eufemismo para evitar mencionar el abusivo cien por ciento.

            Con las facturas pagadas y los proveedores sirviéndole de nuevo, Klaus se lanzó, espoleado por su esposa, a una frenética caza de clientes, empezando por aquellos a los que siempre había rechazado. El febril crecimiento de los precios evolucionó aún peor de lo pronosticado por los más pesimistas, y eso ayudó a menguar la carga del préstamo, a todas luces impagable de otro modo, lo que demostró la vieja teoría del padre de Klaus, que no se cansaba de asegurar que para el que no tiene nada, cada catástrofe es una nueva oportunidad.

            Los trabajos comenzaron a llegar a su imprenta a la par que las amenazas, alguna de ellas de redacción más bien barroca, anunciando las más terribles calamidades. Un par de cristales rotos valieron de refrendo.

            El miedo a las represalias casi le hizo pasar a la clandestinidad, pero la razón, la de Ulrike, le indicó que era mejor no levantar sospechas obrando a escondidas. Y, a pesar de estar aterrado por la posibilidad de un ataque más serio, comprendió que era mejor y más seguro seguir dando la cara, de modo que empezó a componer e imprimir panfletos de todo signo.

            En realidad, hasta aquel 4 de octubre no había tenido que realizar ningún trabajo verdaderamente comprometido. El día anterior, sólo unos minutos después de que Klaus abriera su negocio, apareció un hombre, enjuto y serio, con una docena de hojas en uno de los bolsillos de su gastado abrigo. El desconocido, que se hacía llamar Sterne, adelantó la mitad del importe y exigió que el trabajo estuviera terminado al anochecer del día siguiente. Klaus cogió el dinero y no hizo más preguntas, pero cuando echó mano a los tipos móviles para componer el texto, comprendió, primero con sorpresa y luego con un estremecimiento que recorrió todo su cuerpo, que aquello podía costarle muy caro. Carísimo.

            Desoyendo las recomendaciones de su esposa, cerró la puerta de la imprenta, corrió las cortinas y colocó una de las últimas esquelas que había realizado junto con un cartel que informaba del cierre por defunción. Ni siquiera se fijó en la fecha del sepelio, que era de dos semanas antes.

            Pensó por un momento en hablar con Ulrike del tema, pero el orgullo pudo más que la zozobra: él era el hombre de la casa y no podía correr a las faldas de su esposa cada vez que sucedía algo realmente grave.

            Releyó el texto, se mesó el pelo y resolvió seguir adelante: al fin y al cabo, ya había cobrado y no podía negarse, sin riesgo, a dejarlo a medias. Los que estaban dispuestos a organizar algo como lo que se decía en aquellos papeles no dudarían en dar un escarmiento a quien los privara de la imprescindible publicidad.

            Preparó los cajetines y limpió cuidadosamente los rodillos de la máquina; estaba dispuesto a hacer un buen trabajo, aunque a nadie le importara la calidad de la impresión. El texto no era ni mucho menos breve, y Klaus Hoffman quería darle una presentación llamativa. Para ello, utilizaría todo el arsenal de encuadres, bolos, cuadratines, ladillos y cartelas que le ofrecía su anticuada linotipia. Tenía que hacer cuanto estuviera en su mano para que ése no fuera su último encargo.          

            A la hora del almuerzo, Hoffmann pensó en quedarse trabajando, pero tenía un hambre de mil demonios y no quería que su mujer se preocupara. Se fue a casa y, una vez sentado a la mesa, lejos ya del escenario de sus miedos, no pudo aguantar más y le contó lo que estaba pasando. Pero Ulrike, lejos de asustarse, se interesó lo primero por el dinero que iban a recibir y, como la cantidad era generosa, no dio mayor importancia a los temores de su marido. Eso sí, le recomendó que quitara aquella maldita esquela de la puerta, no fuera a ser que alguien reparase en la fecha atrasada y sospechara si oía ruido dentro. Incluso algún bienintencionado podía llamar a la policía pensando que estaban tratando de robar al bueno de Hoffmann «el Prisas», porque una cosa es defenderse de los enemigos y otra muy distinta y mucho más difícil salir con buen pie de la impredecible ayuda de los bondadosos.

            Animado por el apoyo que le había brindado su esposa, Hoffmann volvió al trabajo con renovados bríos. Retiró la esquela y se puso manos a la obra: aún le quedaba mucho y tenía que entregar el encargo poco antes de las ocho. De todos modos, si se concentraba en el trabajo, y pensaba hacerlo como nunca, le sobraría tiempo para un par de correcciones. No podía desaprovechar la oportunidad de entrar de lleno en un mercado más productivo.

            Sin dejar de darle vueltas a sus preocupaciones, se dio toda la prisa que pudo en acabar el encargo, más incluso de la aconsejable. Y al ver impreso el primer ejemplar, con la tinta fresca brillando todavía, se sintió legítimamente orgulloso de lo que había conseguido.

            Era un producto impecable, sin apenas borrones, bien encuadrado, con la letra del tamaño justo para evitar los espacios blancos o los tipos más pequeños al final. Un hombre podía ir a la cárcel por culpa de aquellas hojas y no quejarse de su fortuna. Sólo lamentaba no haber puesto siempre la misma voluntad en el trabajo, y refrendaba cada propósito de enmienda con una rápida mirada al montón de ejemplares sobre el tablero. Ya no se sentía vencido, no sería nunca más un despojo en manos de prestamistas ni una marioneta del destino. A partir de ese momento gobernaría su vida de otro modo, y pronto cambiaría su fortuna. Seguro.

            Habría seguido envaneciéndose con la contemplación de su obra si unos golpes en la puerta no le hubieran sacado de su ensoñación. Klaus perdió de golpe todo el entusiasmo y recobró sus recelos.

            Miró al reloj y vio que faltaban diez minutos para las ocho. El cliente llegaba antes de tiempo… Tanto mejor; cuanto antes salieran esos papeles de su imprenta, antes podría respirar tranquilo. Al menos hasta que surgiera otro trabajo como aquél, porque estaba seguro de que recibiría más encargos.

            Murmuró el consabido «¡Ya va!», se limpió las manos con un paño demasiado mugriento como para no ensuciarse de tinta, y se dirigió a la entrada con paso firme.

            Pero no era el cliente.

            Se trataba de un tipo alto y fuerte, vestido con un gastado traje oscuro que era de antes de la guerra. Su nariz, larga y aguda, acentuaba el brillo rapaz de sus ojos grises. Klaus se sintió intimidado. No era únicamente que el trabajo fuera comprometido, sino que algo en aquel hombre le hacía sentir la necesidad de deshacerse de él cuanto antes: su mirada y la expresión de sus labios, finos como una línea, presagiaban una escena desagradable. Por un momento creyó reconocerle, pero no era momento para adivinanzas ni ceremonias.

            —Está cerrado —se apresuró a decir.

            —No para mí —replicó el desconocido, que entró en la imprenta antes de que Klaus pudiera impedírselo.

            El hombre del traje oscuro recorrió lentamente el local, con pasos tranquilos, como quien pasea por un parque en un día de fiesta. Se acercó al montón de periódicos recién impresos y ojeó uno de ellos con marcado desinterés, lo que puso a Klaus aún más nervioso. «¿Trabajará para el gobierno? ¿Será policía?» No conseguía recordarlo.

            —¿Qué quiere? —preguntó al fin, rogando a Dios y al diablo que no le ensañara ningún distintivo policial.

            El desconocido, plantado en medio de la imprenta con las manos incrustadas en los bolsillos, pareció meditar unos instantes la respuesta.

            —Me pregunta qué quiero. Y es capaz de hacerme una pregunta tan vital como quien desea enterarse del recorrido de un desfile. ¡Qué vergüenza!

Aquella frase, irónica y despectiva, colmó la paciencia de Hoffmann.

            —¡Salga de aquí inmediatamente! —siseó, tratando en vano de dar a su voz el peligroso tono de un silbido de serpiente.

            El hombre del traje oscuro reaccionó con una estentórea carcajada y se volvió hacia él. Klaus hubiera gritado al ver el agudo estilete que empuñaba, pero no tuvo tiempo.

            Sintió en su garganta aquel carámbano de acero, mientras unos ojos implacables se clavaban en los suyos, ávidos de apurar el último brillo de la vida, formulando mil preguntas que Klaus no pudo responder más que con un inaudible gemido.

            Luego se desplomó.

 

 

 

 

 

 

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